Conocí al Donald y al Douglas, cuando se los distinguía solo porque el Donald tenía un dedo cortado, en el Museo Nacional de Historia Natural. Había que mirarlos de cerca porque, en el resto, eran dos gotas de agua. Sólo que uno se interesaba por los bichos y el otro por los humanos “prehistóricos”. Eran una suerte de aparición, de naturalistas decimonónicos, los quijotes de las Juventudes Científicas, en el “Mausoleo” Nacional de Historia Natural, en esos años en que nuestro país era un mausoleo completo.

El Donald se fue a México imposibilitado de estudiar en Chile. A pesar de su genialidad y de su hoy tan bien ponderada pro actividad, no pudo pasar la Prueba de Aptitud Académica. Su dislexia era fenomenal. Con los años de su biografía, para sus alumnos, sólo el nombre de esta barrera resulta un chiste. Ya en esos tiempos, dentro de su rango etario, su experiencia, su genialidad e interés, su conocimiento y su labor de sembrador de interés en otros era difícilmente comparable.

Tiempo después partimos también nosotros a México y fuimos acogidos en la casa de John Kennedy N° 45, a dos cuadras de la ENAH y de la majestuosa pirámide circular de Cuicuilco, sobre las lenguas de lava del Xitle. Era la casa del Donald y su Nelka Barranquillera que ya llevaba en la guata al Canek. Poco más de medio año fuimos amparados y fuimos parte de ese amoroso hogar, con una cama en el living que se transformaba en sillón de día.

En ese poco tiempo el Donald nos enseñó a movernos en esa que sí que era una ciudad: el DF, la ENAH, la UNAM que eran en sí una urbe, y en su universo, la inmensa red de todos los intelectuales exiliados de nuestra Sud y Centro América. Aprendimos a movilizarnos en una ciudad que era del porte de tu país, y a movernos en una red social cercenada por la dictadura en que creciste. Conocimos la luz, el entusiasmo, la voluntad de ser. La inmensa libertad.

Fueron años intensos. Estudiábamos y hacíamos Arqueología para hacer la Revolución, para hacer de la Arqueología una herramienta del presente. Después volvimos a este largo pedacito de tierra y sus pequeños y estúpidos problemas. Nos topábamos ligeramente en ligeros eventos profesionales. Siempre con su dedo apuntado y su interpelación de Flaco, Flaquito…Compañero…¡Hagamos algo!

Al fin, de vuelta, su país le daba la posibilidad de ser lo que siempre fue, la “Academia” lavaba su vergüenza, la “Universidad”, recién tratando de sacudirse de los años de obsecuente oscurantismo, lo “reconoció” como el Profesor que era. Esa parcela de acotada libertad, de respiro, la usó para practicar lo que siempre fue: un sembrador de interés en otros.

Entre medio nos encontramos una tarde de enero comprando vituallas en Huasco, coincidimos él y su Roxana partiendo hacia Llanos de Chaye. Ya instalado el campamento, tendió con mis niños chicos redes y espineles entre las rocas. Al día siguiente, a las 5:00 de la mañana recogieron con el Chango Jackson una corvinilla, dos gabinzas y creo que tres tomoyos. Nunca se les ha olvidado

En todos los años en que lo conocí, como compañero y como profesional, nunca vi en él un atisbo de soberbia, de vanidad, de egoísta acaparamiento de su sabiduría, tan propios de nuestro gremio.

Al contrario, el Donald es la mano abierta, la posibilidad, el acicate, quien te siembra el bichito y además se hace cargo del engendro.

Salud compañero

Sobre El Autor

Administrador

Artículos Relacionados