De César Méndez y Diego Artigas

Corría 1998 cuando Donald nos invitó a realizar nuestra primer terreno de arqueología, en Los Vilos. No sabíamos ni tomar una plana, ni distinguir una terraza marina, pero, llenos de emoción, aceptamos sin dudarlo, y sin saber realmente en lo que nos metíamos.

En La Casa de Los Vilos, después de la jornada de excavación, la cosa se ponía amena, y las confianzas se fueron abriendo. Una noche Donald dijo: “Es hora de sacar ‘El Mapa’” y los mayores gritaron: “¡Cierren los ojos!, !NO LO VEAN!”. Pero era tarde. Donald había desplegado en la mesa un papel rugoso, amarillento, con manchas de café y quemaduras de cenizas de cigarro. Tenía los sitios señalados a mano con lápiz pasta rojo, en todo el borde costero del litoral de Los Vilos. “El Mapa” era la compilación de todo lo que se había encontrado en la zona hasta ese día, en una época en que la resolución del GPS era peor que la de la experiencia de uno en terreno. “El Mapa” parecía tener una maldición: quien lo veía, quedaba amarrado a Los Vilos, para siempre…

Y el hechizo se cumplió. Luego de haber visto “El Mapa”, quedamos vinculados indefectiblemente a la arqueología costera, a Los Vilos, a los cazadores recolectores y a la amistad de Donald. Para nuestras prácticas profesionales nos fueron asignados dos sitios (que estaban señalados en “El Mapa”) donde tendríamos que desarrollar nuestros “problemas arqueológicos”, complicación que sigue acosando a todos los estudiantes de arqueología cuando llegan a este punto en sus carreras.

“En los Vilos no llueve, pero chispea”, decía siempre Donald, haciendo alusión a los pequeños sitios en gran cantidad, que habían permitido posicionar a Los Vilos dentro de la arqueología chilena. Contextos generalmente modestos, pero que eran trabajados a todo detalle; proyectos llenos de afecto, abiertos a nuevas ideas, a nuevas preguntas, a arqueólogos nóveles, forjando experiencia. En ese momento, la emoción de trabajar en Los Vilos, y embarcarnos en este viaje que fue trabajar con Donald fue el inicio de un derrotero que solo hoy, 18 años después, podemos mirar atrás y dimensionar.

En Septiembre de 1999 fuimos a Punta Penitente, un conchal en una terraza costera al norte de Los Vilos. Debíamos excavar hasta los niveles más profundos, donde los sedimentos rojizos y los fragmentos de machas indicarían que estábamos cerca del Holoceno temprano. La tarea debía durar no más de 4 días, pero una lluvia incesante nos tuvo encerrados en casa 7 días más. Una lluvia de proporciones épicas, con granizo, que los locales decían que no se veía en Los Vilos desde los años setenta.

Este dibujo, realizado en plena inundación, es testimonio de la larga espera dentro de la casa de Los Vilos, donde la conversación y el intercambio de ideas nos enseñaron a ser científicos, y donde la calidez y la sinceridad nos transformó en amigos de Donald.

Hoy no sabemos qué habrá pasado, de hecho, con “El Mapa”, pues llevamos años sin verlo, y creemos que de él sólo quedan pedazos escaneados. Pero no podemos sino agradecer ese mágico momento, en que se desplegó ante nuestros ojos, y sentimos la confianza y la generosidad infinita de Donald, al extendernos, junto con el mapa, su forma de ver el mundo y de trabajar la arqueología.

César Méndez y Diego Artigas

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De Charles Rees

Conocí al Donald y al Douglas, cuando se los distinguía solo porque el Donald tenía un dedo cortado, en el Museo Nacional de Historia Natural. Había que mirarlos de cerca porque, en el resto, eran dos gotas de agua. Sólo que uno se interesaba por los bichos y el otro por los humanos “prehistóricos”. Eran una suerte de aparición, de naturalistas decimonónicos, los quijotes de las Juventudes Científicas, en el “Mausoleo” Nacional de Historia Natural, en esos años en que nuestro país era un mausoleo completo.

El Donald se fue a México imposibilitado de estudiar en Chile. A pesar de su genialidad y de su hoy tan bien ponderada pro actividad, no pudo pasar la Prueba de Aptitud Académica. Su dislexia era fenomenal. Con los años de su biografía, para sus alumnos, sólo el nombre de esta barrera resulta un chiste. Ya en esos tiempos, dentro de su rango etario, su experiencia, su genialidad e interés, su conocimiento y su labor de sembrador de interés en otros era difícilmente comparable.

Tiempo después partimos también nosotros a México y fuimos acogidos en la casa de John Kennedy N° 45, a dos cuadras de la ENAH y de la majestuosa pirámide circular de Cuicuilco, sobre las lenguas de lava del Xitle. Era la casa del Donald y su Nelka Barranquillera que ya llevaba en la guata al Canek. Poco más de medio año fuimos amparados y fuimos parte de ese amoroso hogar, con una cama en el living que se transformaba en sillón de día.

En ese poco tiempo el Donald nos enseñó a movernos en esa que sí que era una ciudad: el DF, la ENAH, la UNAM que eran en sí una urbe, y en su universo, la inmensa red de todos los intelectuales exiliados de nuestra Sud y Centro América. Aprendimos a movilizarnos en una ciudad que era del porte de tu país, y a movernos en una red social cercenada por la dictadura en que creciste. Conocimos la luz, el entusiasmo, la voluntad de ser. La inmensa libertad.

Fueron años intensos. Estudiábamos y hacíamos Arqueología para hacer la Revolución, para hacer de la Arqueología una herramienta del presente. Después volvimos a este largo pedacito de tierra y sus pequeños y estúpidos problemas. Nos topábamos ligeramente en ligeros eventos profesionales. Siempre con su dedo apuntado y su interpelación de Flaco, Flaquito…Compañero…¡Hagamos algo!

Al fin, de vuelta, su país le daba la posibilidad de ser lo que siempre fue, la “Academia” lavaba su vergüenza, la “Universidad”, recién tratando de sacudirse de los años de obsecuente oscurantismo, lo “reconoció” como el Profesor que era. Esa parcela de acotada libertad, de respiro, la usó para practicar lo que siempre fue: un sembrador de interés en otros.

Entre medio nos encontramos una tarde de enero comprando vituallas en Huasco, coincidimos él y su Roxana partiendo hacia Llanos de Chaye. Ya instalado el campamento, tendió con mis niños chicos redes y espineles entre las rocas. Al día siguiente, a las 5:00 de la mañana recogieron con el Chango Jackson una corvinilla, dos gabinzas y creo que tres tomoyos. Nunca se les ha olvidado

En todos los años en que lo conocí, como compañero y como profesional, nunca vi en él un atisbo de soberbia, de vanidad, de egoísta acaparamiento de su sabiduría, tan propios de nuestro gremio.

Al contrario, el Donald es la mano abierta, la posibilidad, el acicate, quien te siembra el bichito y además se hace cargo del engendro.

Salud compañero

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De Simón Sierralta

Flaquín Inmortal.

Hace dos semanas tuve que hablar del Flaquín en clases. Hasta entonces todo había sido recordarlo entre amigos: la cotidianidad de humo, el olvido de nombres, la insistencia sorda, los vasos llenos, las memorias de México. Pero ahora tenía que hablar de su trabajo a quienes no lo escucharían nunca de primera mano, a quienes lo conocerían sólo como un nombre bajo un título o un recuerdo en las historias de los otros. Puta, viejo, no era el momento para mandarte a cambiar.

Hace once meses hicimos un lienzo. Porque era como mucha la solemnidad de los homenajes de Congreso, bonitos sí, y sentidos y reales, pero sabemos que no era mucho lo del Donald, más bien unas botellas y unas chuchadas, y en este caso las letras pintarrajeadas. Íbamos a colgarlo en la ceremonia inaugural, porque su ausencia era más notable que las presencias todavía, pero no nos dejaron. Dijeron que podíamos opacar el homenaje a Jorge Hidalgo. ¿Qué habrías pensado de eso, Flaquín?

Hace un par de años trabajábamos un artículo y el Donald nos invitó a planificarlo a su departamento. Viernes en la noche y nos esperó con tacos y vino. Terminamos el trabajo en media hora, y el vino en un poco más. Cuando se terminó su cava buscó lo que le quedará, hasta que encontró un trago de limón, una huevá más mala que la cresta. Y entre eso nos mostraba su colección de caracoles, los libros de antropología marxista, la receta del relleno de los tacos, las historias de la política estudiantil mexicana, hasta que nos fuimos tambaleando por avenida Grecia. No era el momento todavía, viejo.

Hace un poco más que eso, En Londres 38 se presentaron los resultados de la investigación que el CNCR había hecho para ver si se podía explorar arqueológicamente un lugar como ese. Fui invitado a comentarlo desde una perspectiva estudiantil. Sentado frente a nosotros en esa salita pequeña, donde hace treinta y pico años había estado una parrilla de torturas, de toda la progresista comunidad arqueológica sólo estaba el Donald. Quién sabe si habría ido si no fuera por el compromiso con su compañera, pero igual fue el único, y después nos invitó al Venecia, ahí en Bellavista, a comer ravioles. En esa esquina de Antonia López de Bello, hablando del dolor, y del pasado como siempre.

Éramos sus estudiantes, en terreno en Caimanes, y el Flaquín llegaba unos días más tardes. Cuando volvimos de la excavación encontramos la mesa puesta, con vinos y aceitunas. Para la Roxana, obviamente, pero de rebote para todos. Cuando se acabó todo, nos pasó veinte lucas y nos mandó a comprar un whisky “y lo que quieran para ustedes”. Uno tras otro los cigarros se iban apagando en el piso del comedor de la parroquia.

Me tocaba hablarle a ese curso del trabajo del Donald, y lo hice un poco, con un juicio muy duro quizás, o quizás muy blando. Cuando Carlos me invitó a escribir esto, lo acepté de inmediato, pero no lo escribí nunca. No sabría qué decir. Pero cuando tuve que hablar en ese momento se me juntaron imágenes en la cabeza que poco tenían que ver con la arqueología, y mucho más con la talla reiterada, el cigarro encadenado, y el afán obstinado de avanzar hacia un destino quizás no tan claro. La última vez que lo vi en su laboratorio no parecía el mismo, pero lo era. Pienso ahora que para qué hablar de las piedras frías, del poblamiento o de los conchales sobre las dunas del Choapa. Al final, recordando al Donald, esa era más la forma que el fondo. Te fuiste muy luego, maestro y compañero, no era el momento todavía.

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DONDE SE HACEN CANTOS Y DANZAS

De Benjamín Ballester

Hoy guardaré mis sentimientos; este homenaje será acerca de la obra de Donald Jackson en la arqueología. Para esto presento una breve crítica de lo que debe ser su texto menos conocido en la escena nacional, opacado por las ya célebres publicaciones sobre Santa Julia, Ñagué, Valiente, Siete Tazas, Chiu-Chiu y los Selk’nam de la Patagonia Austral. Se trata de su tesis de grado defendida en la Escuela Nacional de Historia y Antropología de México en la primera mitad de la década de los 80’s, cuya biblioteca construida al costado de la pirámide circular de Cuicuilco aún atesora –como si fuera un objeto arqueológico más- dos ejemplares en papel de su obra. Un escrito de 281 páginas mecanografiadas en tinta negra por un solo costado, sobre un papel que con el paso de los años se ha vuelto amarillento y más delgado, empastado en tapa dura y recubierta en cuero rojo –elección de color que seguramente no fue al azar-, de la cual solo su lomo se encuentra estampado con letras doradas en bajo relieve. Al interior y en su primera página sorprende el título y nombre del ya licenciado, “Material óseo: causalidad del registro y criterios de clasificación” por “Donald Guillermo Jackson Squella”, datado mediante la misma tinta y máquina en 1985.

Dedicada a sus padres, Cyril y Julia, la tesis de Donald se presenta desde su apertura como un intento de reflexión teórico y metodológico en torno a un problema estrictamente arqueológico, el material óseo en su amplia generalidad. Discute acerca de su modo de obtención como materia prima, las formas de trabajo por el ser humano, sus transformaciones sociales y naturales, desde su obtención, procesamiento y uso, hasta su depositación en un contexto arqueológico. Conceptos como los de tafonomía, experimentación, distribución espacial, tecnología, huellas de uso y corte, alteraciones y tipos de fracturas acompañan al lector a lo largo de toda la obra. Esto porque para Donald el estudio de los conjuntos óseos no podía quedarse únicamente en la identificación taxonómica, y así lo plasma explícitamente en el comienzo de su introducción utilizando una crítica certera y abierta a las investigaciones tradicionales.

Sin embargo, su preocupación fue mucho más allá de los huesos. En su segundo capítulo, “Fundamentos teóricos y metodológicos generales”, plantea una discusión que articula las escuelas norteamericanas -p.e. Schiffer, Binford, Chang- con la Arqueología Social Latinoamericana -p.e. Gándara, Bate, Lumbreras-; esta última fuertemente arraigada en México, la ENAH y su propia formación personal. Ciento catorce publicaciones le sirvieron de referencia para entablar estas discusiones y desarrollar su problema de investigación: el vacío que en ese entonces existía en torno al estudio del material óseo en arqueología. Su bibliografía se restringe casi exclusivamente al ámbito arqueológico, demostrando una lectura amplia que indagó tanto en escritos precursores del siglo XIX como en revistas y libros del mismo año en que se convirtió en licenciado.

Para la exposición de cada uno de los temas utiliza casos de estudio concretos a modo ejemplo, sin ahondar en innecesarios detalles. Aquí ya aparecen datos y planos de su afamado Quereo, así como información de Tiliviche 1 y Tagua-Tagua, además de otros sitios americanos como Tula Chico y Tequendama. Es notable como sus gustos arqueológicos se mantuvieron vigentes por décadas posteriores: el mar, los conchales, los cazadores recolectores y los sitios tempranos no dejaron de ser la principal preocupación. Junto a los casos arqueológicos de estudio y su propia experimentación en laboratorio, veinticinco láminas, esquemas, diagramas, dibujos, planos y fotografías sirven de pausa y acompañamiento al guion de la tesis. El documento se compone de cinco capítulos, cada uno presentado con un pequeño epígrafe que recoge citas textuales de tres libros distintos de Vere Gordon Childe; un sutil detalle que habla en demasía acerca de su persona, intereses y pasiones. Los cinco capítulos giran en torno al tema de las “causalidades del registro óseo”, tanto aquellas naturales como sociales, para finalizar con una propuesta de procedimiento para su clasificación.

Estas casi trescientas páginas exponen a la perfección el espíritu de Donald -o al menos del que conocí cuando guio mi práctica y tesis, al que acompañé a excavar en las dunas de Pichidangui y los cerros de Combarbalá, con quien prospecté los valles de Caimanes y Tilama, y el que por primera vez me dio probar los chapulines en una tortilla de maíz. Su tesis muestra un enraizado ímpetu científico por mejorar las formas de comprensión y crear mejores métodos de construcción del conocimiento en arqueología, comenzando desde una crítica hacia los vacíos de su época no sin antes generar una reflexión acerca de las formas en que tradicionalmente esta se llevaba a cabo. Expresan una clara pasión por la lectura arqueológica junto a cierto desdén por escapar de sus límites, sin dejarse seducir por la embriagante literatura antropológica, filosófica y sociológica -algo que incansablemente me enseñó, pero que afortunadamente nunca aprendí. Tomando como ejemplo su tesis, pero extrapolándolo también hacia todo su trabajo posterior, la escuela de Donald podría definirse como esencialmente arqueológica, pura y dura. Sus esfuerzos ahondan ahí, se sumergen en las huellas de corte de los huesos, en las pátinas de los bifaces y entre los estratos cenicientos del conchal. Sus cazadores recolectores no son los mismos que retrata el etnógrafo, sino el reconstruido a partir de sus vestigios materiales; el ícono del raspador, de la valva de loco y de las fracturas del hueso.

Sin lugar a dudas su historia previa en Los Vilos, las Juventudes Científicas y su relación con Luis Felipe Bate fueron ingredientes de esta receta. De hecho, la primera imagen que se me vino a la cabeza luego de terminar de leer su tesis fue uno de los trabajos más conocidos y citados de este último arqueólogo chileno aun radicado en México, publicado en 1971 y titulado “Material Lítico: metodología de clasificación” –la semejanza de los títulos entre ambas obras habla por sí sola acerca de la estrecha relación de los autores. Donald demuestra así, con un gesto probablemente inconsciente, su profunda admiración por Felipe, su amigo y director de tesis, tratando de continuar su trabajo y legado ahora un poco más lejos de la filosofía, para intentar acercarse hacia los materiales y construir una arqueología más empirista y metodológica, aquella de la que muchos fuimos testigos en sus clases, artículos y cuadrículas. Junto a Felipe realizó también los experimentos óseos de su tesis en el Laboratorio de Tecnología de Cazadores Recolectores de la ENAH, del cual fue primero ayudante y luego profesor adjunto; laboratorio que prontamente llevará su nombre en su honor.

Demás está recalcar aquí el valor del trabajo de Donald Jackson para la arqueología; intenté sólo revalorizar su obra tal vez menos conocida y más antigua. En julio de 2013 él presentó mi tesis de grado ante una comisión de académicos y algunos de mis familiares y amigos más cercanos. Hoy no puedo sino presentarles su tesis de licenciatura a través de esta breve crítica, dejándoles además un link que contiene el manuscrito integral en formato digital, fotografiado el 6 de septiembre de 2017 desde un sitio que en Náhuatl significa “el lugar donde se hacen cantos y danzas”; qué más adecuado para volver a reencontrarme contigo Donald, ahora a través de una de tus primeras obras.

Agradecimientos:

A Luis Fernando Gómez Padilla -Jefe de la Carrera de Arqueología-, Claudia Mayen -Encargada de Archivos- y Paola Pérez –Jefa de Servicios Escolares- por permitirme revisar el expediente académico de Donald en el ENAH. A Luis Felipe Bate por la conversación, y a Gloria Cabello, Francisco Gallardo, Alex San Francisco y Marcela Sepúlveda por sus lecturas y comentarios.

 

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De Gloria Cabello

Resulta difícil hacerse la idea de que Donald ya no estará físicamente con nosotros… y tratar de ordenar las ideas entre la lluvia de recuerdos y la pena… porque si bien me toca referirme a un gran colega en nombre de la Sociedad Chilena de Arqueología, lo hago también sobre un maestro y un amigo… y con ello creo reflejar a la mayoría de socias y socios que no pudieron estar hoy presentes por los avatares de nuestra disciplina, pero que a través de correos electrónicos han hecho sentir su pesar por la partida de uno de los grandes apasionados de la arqueología.

Pasión que comenzó tempranamente, pues Donald, llegaba al MNHN vestido de uniforme escolar para ayudar a Eliana Durán con los líticos del nivel II de Tagua-Tagua… (cuyos resultados están publicados en el boletín de 1980…); en ese entonces, para el favor de unos y menos de otros, participaba también de las famosas “Juventudes Científicas”.

Las exigencias académicas confabularían para que se fuera a estudiar Arqueología a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en México, con Felipe Bate… (titulándose en 1985). Tras unos pasos por Ecuador y Colombia – donde naciera su hijo Canek- regresaría a Chile para entrar de lleno en la investigación en el marco de FONDECYT: primero colaborando en un proyecto de Mauricio Massone (1990) y pronto después, como investigador responsable (1992-1994). A partir de entonces, colocará la bandera en Los Vilos, que será El lugar hasta hoy… eso no sólo porque es ahí donde está Quere(d)o… sino también la casa de veraneo familiar que él (y Roxana) transforman en casa-estudio (y laboratorio), la cual sustentaría todos aquellos terrenos que permitieron que, con los años, Los Vilos y sus alrededores se convirtieran en una república arqueológica independiente y famosa, demostrando al mundo lo importante que pueden ser cuatro piedras y tres huesos… si se hace un modelo correcto y se tiene un poco de suerte… y también con buenos compañeros, por cierto.

Será también llegando a Chile cuando Donald se asocia a nuestra organización (1991), la cual Preside en dos períodos: 1997-2000 y 2000-2003, con dos macanudos congresos (para mí al menos): Copiapó 1997 y Arica 2000…

 

Si bien todos y todas los y las socias son importantes, Donald se destacó por ser siempre un motor activo (baste decir que pese a su delicado estado de salud asistió a nuestra última asamblea, en diciembre 2014). Pero por sobre todo, fue alguien acogedor e incluyente, participativo, entusiasta, siempre disponible y con una alegría fantástica. Enamorado de la arqueología hasta contagiarla…

Y es  sobre todo por esto que lo vamos a extrañar… porque es gracias a Donald, que muchos de quienes estamos aquí presentes, hoy somos quienes somos…

Canek, Roxana, Douglas, July, y familia por favor reciban el más cariñoso abrazo de todos y todos los y las arqueólogas que mucho estimaban a Donald y sepan que él siempre, como en ustedes, estará con nosotros

Santiago, 7 de Septiembre 2015

 

El texto que precede corresponde a la despedida que hice a Donald a nombre de la Sociedad Chilena de Arqueología (SCHA), hace dos años. Difícil misión, pues en la avalancha de emociones y recuerdos, era necesario rememorar parte de su historia, su formación, sus aportes a la arqueología chilena y a nuestra institución, pero por sobre todo su compromiso y entusiasmo que marcó muchas generaciones de colegas, dejando un inmenso vacío que es difícil, sino imposible, de llenar. Todo desde la institucionalidad que hoy dirijo, aunque con guiños risueños propios de él, espontáneo y relajado.

Hoy, aprovecho el espacio que ofrece Sin Cuadrícula, para rememorar las otras cosas, esas que me permitieron ser de una de las pocas mujerazas de su equipo… aunque también fuera la bruja del proyecto… Conocí a Donald antes de entrar a la U, cuando fui a ver si podía cambiarme de carrera (desde Literatura en la UC)… siempre recordaré a ese personaje exótico y desgarbado que salió a mi encuentro desde su oficina-laboratorio, prestando especial atención e interés a mis inquietudes. Años más tarde, como profesor, disfruté sus enseñanzas sobre teoría y práctica arqueológica, cuyo entusiasmo –o alguna distracción- hacían que sus cigarros se apagaran entre sus dedos (sí, eran tiempos en que se fumaba en la sala…). Por cierto, el tabú y las historias relacionadas a la pérdida de parte de uno de sus índices -ese que siempre usaba para ilustrar ejemplos en la pizarra o en vivo- eran parte del encanto que construían su personalidad, y que él mismo aprovechaba… (recuerdo haber escuchado de él mismo, al menos tres historias distintas del suceso… sin saber nunca cuál era el verídico, quizás ninguno…).

Más tarde, me interesé en el arte rupestre del Choapa, y Donald me invitó a trabajar con él en lo que él mismo definía como su “placer culpable” en la arqueología… pues si bien uno usa ese concepto para referirse a temas Shakira o Américo, Donald lo hacía en relación a su interés por los petroglifos agroalfareros de la zona versus los sitios paleoindios y arcaicos que eran su real pasión. Es así como levantó dos proyectos DID (Proyecto de Investigación en Ciencias Sociales, Humanidades y Educación. Universidad de Chile) sobre arte rupestre, uno para que Diego Artigas hiciera su Memoria de Título (2001-2002), y el otro para la mía  (2003-2004). Siempre me gustó llamar esos DID “Donald I Diego”, aunque especial mención merece César Méndez por su apoyo y paciencia en acompañarnos en todos aquellos terrenos, con quemas rituales, largas charlas en torno al fuego y al vino, y consecuentes ensordecedores ronquidos que nos obligaban a cambiar la logística todo el rato.

Uno de los mejores resultados de esos proyectos fue nuestro libro Trazos del Choapa. Arte Rupestre en la Cuenca del Río Choapa. Una Perspectiva Macroespacial (Jackson D., D. Artigas y G. Cabello. LOM Ediciones, 2002). Fue presentado en el Bodegón Cultural de Los Vilos y tuvo significativa acogida en la comunidad local, la que por sus constantes aportes nombró a Donald Hijo Ilustre de Los Vilos en sus últimos días. En efecto, Donald estaba tan preocupado de publicar papers ISI como artículos y libros de difusión, otra gran virtud que debiéramos reproducir. Aunque el tiempo y las obligaciones académicas también nos traicionaron, postergando hasta nunca jamás la publicación del registro del arte rupestre y las piedras tacitas del valle del Encanto (Ovalle) que hicimos en el marco de los mismos proyectos.

Las Tacitas y otras oquedades líticas (morteros, molinos, etc.) también eran de gran interés para Donald. Esto y su constante compromiso con la SCHA, lo animaron –pese a su delicado estado de salud- a participar en el comité editorial del libro ACTUALIZACIONES EN EL ESTUDIO DE PIEDRAS TACITAS (C. Belmar, L. Contreras y O. Reyes, eds.), recientemente publicado. Las andanzas y conversaciones entre las dunas de Los Amarillos eran paseo obligado en cada viaje a Los Vilos, junto con Quere(d)o, Ñagué y Punta Chungo. Así como almorzar el El Bogarín y disfrutar las puestas de sol –coctel en mano- en la terraza de la casa de veraneo de los Jackson. Casa que, de marzo a diciembre, constituía el centro de investigación (ultra top al inicio de los 2000, con laboratorio, máquina de flotación, etc.) que Donald y Roxana construyeron con tanto amor y dedicación. Una unión que además puso en valor la conservación del registro y los restos arqueológicos, cuya importancia y necesidad nos legó como herencia.

No puedo dejar de mencionar, en este recuerdo-homenaje, el compromiso y la fe que Donald tuvo siempre conmigo, apoyándome y alentando todos mis proyectos académicos e institucionales. Por lo mismo, lamentaré hasta el fin de mis días el no haber sabido responder a la invitación de un último vinito en su departamento… No obstante, me reconforta que un mes después de su partida, al salir electa presidenta de la SCHA, recibí de Roxana un fuerte y cariñoso abrazo, señalándome él estaría orgulloso de su mujeraza.

A dos años de su partida de este mundo, debo confesar que no hay día en que deje de pensar en lo que Donald significó para mí (las fotos que comparto aquí están el muro de mi escritorio), así como en las oportunidades brindadas a mí y tantos otros colegas y estudiantes. Agradezco infinitamente el haber tenido la suerte de haberlo conocido, empaparme de su pasión arqueológica y seguirlo en todas sus locuras. Nadie será como él, pero asumo como desafío y compromiso seguir sus pasos. Ojalá seamos muchos.

Cajón del Maipo, 6 de septiembre 2017

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