El pasado 18 de noviembre el Colegio de Arqueólogos realizó la jornada final sobre Sitios de Memoria y Arqueología, instancia en la que participaron profesionales de diversos ámbitos vinculados al tema, estudiantes y miembros de las organizaciones de los sitios de memoria chilenos. El debate en torno al rol de los arqueólogos en derechos humanos y los desafíos que quedan por delante, fue uno de los ejes de aquel encuentro. Y a propósito del tema, el arqueólogo colegiado y Premio Nacional de Historia, Lautaro Núñez, reflexiona y cuenta en la siguiente entrevista su labor en DDHH y la relevancia que la disciplina tuvo en la búsqueda por la verdad y la justicia en Chile.

Trabajó reconstruyendo el destino de los desaparecidos en Pisagua y Calama. Icónicos casos de violaciones a los derechos humanos ocurridas en el desierto de nuestro país en los inicios de la dictadura militar de Pinochet.

En Pisagua, junto al arqueólogo Olaf Olmos, Lautaro Núñez se vio enfretado a buscar el rastro de su amigo Freddy Taberna. “Me llamó Olaf, quien había sido mi alumno, y armamos un equipo con otros colegas para tratar de poder establecer qué pudo haber ocurrido con aquellos amigos del Partido Socialista, quienes justamente en el nivel de las fosas donde debieron estar, no estaban”, recuerda Lautaro Núñez.

Ahí excavaron, rastrearon, conjeturaron y volvieron a excavar. “No encontramos nada, pero sí estas evidencias de restos de cementos, sacos de cemento, bolsas de papeles, piedrecilla y arena seleccionada. Cuando llegó el ministro Juan Guzmán nosotros le dijimos ‘ministro a cincuenta metros está esta evidencia que es un dato duro. Nosotros pensamos que los cuerpos fueron encementados y lanzados al mar’. El ministro quedó muy sorprendido, no porque la evidencia fuera dudosa, sino porque era una prueba de lo que todos pensaban: que había lanzamientos al mar. El impacto del informe entregado por el equipo de arqueólogos, tuvo entonces un impacto nacional.

-Y el caso de Calama, ¿cómo lo abordó?

Los desaparecidos de Iquique son de mi tiempo, son iquiqueños y con Freddy Taberna tuve una relación de amistad muy profunda, entonces, para mí era algo muy personal. Fue muy distinto al caso de Calama donde yo no conocía personalmente a nadie. En Calama sí que tuvimos éxito ¿En qué sentido? En que encontramos la fosa, encontramos evidencias exactas de dónde estaban los cuerpos en cada fosa, logramos probar cómo este proyecto Retiro de Televisores, realmente logró sacar de las fosas los cuerpos y llevárselos. Por lo menos algo se logró, y con algunas evidencias se lograron identificar algunos nombres.

-Ahí en Calama se reconstruyó con bastante precisión además el contexto de los hechos…

En Calama logramos identificar el fogón donde quemaron los uniformes ensangrentados y logramos saber cuántos oficiales y cuántos soldados estaban trabajando en esa tarea, porque lo metálico no se borró. A raíz de eso, logramos identificar incluso cuántas botellas de pisco se tomaron. Los militares nunca pensaron que los arqueólogos podían ser tan eficientes para poder identificar hasta cuántos cigarrillos se fumaron en la fosa. Aunque hicieron ‘bien su trabajo’,  quemando los uniformes por ejemplo, nunca pensaron que el fuego no derretía los metales y que los arqueólogos podrían saber por los tipos de botones, qué clases de militares estaban ahí. Yo creo que hasta el día de hoy aquellos que están involucrados y están en silencio, deben guardarle un odio parido a los arqueólogos. Tampoco se imaginaron que nosotros trabajaríamos mano a mano con los parientes, porque en el caso de Calama, fueron las mujeres las que encontaron el sitio, no los arqueólogos. Ellas encontraron sectores con huesecillos que fue lo que el viento sacó cuando las máquinas estaban echando los cuerpos a los camiones. Por eso las mujeres pensaron que había sido un dinamitazo, y ahí nos convocaron a nosotros.

-Cómo fue para usted, que ya tenía una carrera bastante larga en la arqueología, tener que asumir este trabajo con un pasado tan reciente y cercano.

Cuando nosotros estudiamos arqueología, jamás imaginamos que íbamos a excavar buscando a nuestro amigo Freddy Taberna. Ni siquiera en sueños. Lo conversábamos con Olaf Olmos: jamás se nos pasó por la mente si quiera poner como ejemplo, que la arqueología podía servir para poder decir la verdad con respecto a lo implacable de una dictadura. Eso estaba fuera de toda imaginación.

-Al igual que usted, varios de sus colegas se sumaron entonces y se han seguido sumando, al trabajo de búsqueda de cuerpos, identificación, conservación de sitios de memoria, etc. ¿Cómo evalúa el rol tomado por los arqueólogos en esta materia?

La verdad que hasta el día de hoy no conozco a ningún arqueólogo o arqueóloga que haya dicho algo en contra de lo que nuestra disciplina ha hecho durante todos estos años. Eso es un gran mérito. Hemos tenido un gran consenso en que esto había que hacerlo, en general todos han hecho sus aportes o al menos han dicho ‘qué bueno que esto se está haciendo, y que bueno que la arqueología exista para esto también’. Obviamente que este trabajo vinculado a derechos humanos tiene una connotación política, porque eso significa que los arqueólogos han entendido que se debía hacer frente a esta barbarie y que no había otra alternativa sino que ponerse al servicio de los seres humanos. Si hay que desentrañar una verdad, los arqueólogos van a estar ahí.

-Desde su experiencia en Calama y Pisagua, ¿cuál cree que es la importancia que puede tener la arqueología en la búsqueda de la verdad en estos contextos?

El arqueólogo tiene una especial sensibilidad para poder reconstituir con pequeñísimas señales los eventos del pasado. Cuando un arqueólogo excava un fragmento de una cerámica o de un fondo de una cerámica, o de un tiesto de roca, inmediatamente está viendo que en ese fondo hay un pequeño resto orgánico que le puede decir, ‘aquí se mantuvo un contenido líquido con leche materna’, o ‘aquí hay un resto orgánico que merece preguntarse hipótesis’. Más que el objeto mismo, lo primero que hace es sacar esas leves muestras orgánicas, esos leves sedimentos, para poder entender la función de ese objeto. El arqueólogo tiene una especie de mirada media radiológica, que le permite ir más allá de lo que los seres normales piensan. Entonces, cuando con esa sensibilidad se enfrenta al tema de derechos humanos, ya sea en la arquitectura del terror, como en las fosas o en cualquier otro lugar, ve ese detalle. Y creo que la comunidad chilena sabe que fuimos muy eficientes con respecto al tema de cómo reconstituir las casas del terror, los sucesos de las casas del terror, y cómo reconstituir los hechos donde fueron torturados o fusilados o maltratados los cuerpos de desaparecidos durante la dictadura.

-¿Usted cree que sin la labor de la arqueología hubiese sido imposible llegar a la verdad en algunos de estos casos?

Lo más probable es que de no existir la arqueología, nos habríamos demorado más, porque yo estoy seguro que hay abogados muy listos que pudieron haber descubierto posibilidades para investigar con más fineza. Tal vez algún laboratorista de la PDI. Se me ocurre que algún investigador podría haber llegado a esto, pero se habría demorado mucho más que los arqueólogos o conservadores, propiamente tales.

-Y en ese sentido, cuál fue la ventaja con la que corrieron los arqueólogos en el caso chileno.

Existe una arqueología de la muerte, que se ha hecho en Chile y la mayoría de los arqueólogos directa o indirectamente se han vinculado a ella. En consecuencia, ese instrumento, esa percepción sirvió para demostrar con cierta rápidez lo que en ese tiempo era muy difícil lograr. La separación de la vida y la muerte siempre está unida a eventos extraordinariamente complejos y la arqueología de la muerte nos permite entender ese proceso en que los seres humanos al dejar de vivir y en los cuales se generan una serie de ritos, mitos y performance. Los arqueólogos estamos preparados para entender ese rito de transición y con eso entenderás cómo nos duele cuando éstos no se han cumplido con aquellos desaparecidos. Cuando estábamos en Calama teníamos un fragmento de cráneo y otro de dedo, y cómo poder explicarle a las familias, que ya tenían listo el ataúd, el terno para poder vestir a sus familiares, que el cuerpo no estaba. Eso pasa cuando el último rito humano no se cumple, eso es lo que estos criminales jamás han podido entender: Que solamente cuando se establece el rito funerario, se establece una relación de cierta paz y cierta tranquilidad, pero cuando tú no tienes el cuerpo tú vas a vivir toda una vida atormentado pensando dónde estará.