Flaquín Inmortal.

Hace dos semanas tuve que hablar del Flaquín en clases. Hasta entonces todo había sido recordarlo entre amigos: la cotidianidad de humo, el olvido de nombres, la insistencia sorda, los vasos llenos, las memorias de México. Pero ahora tenía que hablar de su trabajo a quienes no lo escucharían nunca de primera mano, a quienes lo conocerían sólo como un nombre bajo un título o un recuerdo en las historias de los otros. Puta, viejo, no era el momento para mandarte a cambiar.

Hace once meses hicimos un lienzo. Porque era como mucha la solemnidad de los homenajes de Congreso, bonitos sí, y sentidos y reales, pero sabemos que no era mucho lo del Donald, más bien unas botellas y unas chuchadas, y en este caso las letras pintarrajeadas. Íbamos a colgarlo en la ceremonia inaugural, porque su ausencia era más notable que las presencias todavía, pero no nos dejaron. Dijeron que podíamos opacar el homenaje a Jorge Hidalgo. ¿Qué habrías pensado de eso, Flaquín?

Hace un par de años trabajábamos un artículo y el Donald nos invitó a planificarlo a su departamento. Viernes en la noche y nos esperó con tacos y vino. Terminamos el trabajo en media hora, y el vino en un poco más. Cuando se terminó su cava buscó lo que le quedará, hasta que encontró un trago de limón, una huevá más mala que la cresta. Y entre eso nos mostraba su colección de caracoles, los libros de antropología marxista, la receta del relleno de los tacos, las historias de la política estudiantil mexicana, hasta que nos fuimos tambaleando por avenida Grecia. No era el momento todavía, viejo.

Hace un poco más que eso, En Londres 38 se presentaron los resultados de la investigación que el CNCR había hecho para ver si se podía explorar arqueológicamente un lugar como ese. Fui invitado a comentarlo desde una perspectiva estudiantil. Sentado frente a nosotros en esa salita pequeña, donde hace treinta y pico años había estado una parrilla de torturas, de toda la progresista comunidad arqueológica sólo estaba el Donald. Quién sabe si habría ido si no fuera por el compromiso con su compañera, pero igual fue el único, y después nos invitó al Venecia, ahí en Bellavista, a comer ravioles. En esa esquina de Antonia López de Bello, hablando del dolor, y del pasado como siempre.

Éramos sus estudiantes, en terreno en Caimanes, y el Flaquín llegaba unos días más tardes. Cuando volvimos de la excavación encontramos la mesa puesta, con vinos y aceitunas. Para la Roxana, obviamente, pero de rebote para todos. Cuando se acabó todo, nos pasó veinte lucas y nos mandó a comprar un whisky “y lo que quieran para ustedes”. Uno tras otro los cigarros se iban apagando en el piso del comedor de la parroquia.

Me tocaba hablarle a ese curso del trabajo del Donald, y lo hice un poco, con un juicio muy duro quizás, o quizás muy blando. Cuando Carlos me invitó a escribir esto, lo acepté de inmediato, pero no lo escribí nunca. No sabría qué decir. Pero cuando tuve que hablar en ese momento se me juntaron imágenes en la cabeza que poco tenían que ver con la arqueología, y mucho más con la talla reiterada, el cigarro encadenado, y el afán obstinado de avanzar hacia un destino quizás no tan claro. La última vez que lo vi en su laboratorio no parecía el mismo, pero lo era. Pienso ahora que para qué hablar de las piedras frías, del poblamiento o de los conchales sobre las dunas del Choapa. Al final, recordando al Donald, esa era más la forma que el fondo. Te fuiste muy luego, maestro y compañero, no era el momento todavía.

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